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Hornachuelos: los milagros de una Semana Santa que se negó a desaparecer

25 de marzo de 2026

En Hornachuelos, la Semana Santa no siempre estuvo garantizada. Hubo años en los que no llovió… pero tampoco salieron los pasos. Años en los que el silencio no era recogimiento, sino ausencia. Años en los que una tradición con más de cuatro siglos de historia estuvo a punto de desaparecer.

“Se vino abajo”, resume José Antonio Cruz, hermano Mayor de la Hermandad de la Virgen de los Dolores. Y en esa frase cabe la historia menos conocida de la Semana Santa meloja.

Cuando el milagro fue volver a salir

Los orígenes se remontan al siglo XVI, con hermandades como la Vera Cruz o la Soledad, vinculadas no solo al culto, sino también al cuidado de pobres y enfermos. Desde entonces, la Semana Santa ha sido algo más que una celebración religiosa: ha sido una forma de entender el pueblo.

Ni siquiera esa historia la protegió de todo. Durante la Guerra Civil se perdió prácticamente todo el patrimonio: imágenes destruidas, devociones interrumpidas. Solo algunas, como la Reina de los Ángeles, lograron salvarse tras ser ocultadas.

Sin embargo, el golpe más inesperado llegó décadas después. A finales de los años 80 y principios de los 90, la Semana Santa dejó de salir durante dos años. No por falta de fe, ni de tradición, sino por algo mucho más simple: no había costaleros.

Un grupo de vecinos decidió entonces intervenir. Crearon la asociación Amigos de la Semana Santa y, poco a poco, lograron recuperar lo que parecía perdido. Ahí comenzó la última gran resurrección.

De la burra al paso: una tradición que se adapta

Esa recuperación también trajo cambios. Algunos tan visibles como el del Domingo de Ramos.

Antes, la entrada de Jesús en Jerusalén se representaba con una burrita real y niños vestidos de época. Era una escena viva, casi teatral, que formaba parte de la memoria colectiva del pueblo.

Con el tiempo, por seguridad, aquella imagen desapareció y fue sustituida por un paso procesional. Pero en un pueblo más acostumbrado al trono que al costal, la adaptación no fue fácil, y la borriquita dejó de salir durante años.

Hoy vuelve a procesionar gracias a nuevas generaciones que han encontrado soluciones propias, como adaptar las andas de San Abundio al estilo local. Como si el propio pueblo sostuviera su historia.

El Miércoles Santo: cuando se recuerda a los que faltan

Si hay un momento que define la Semana Santa de Hornachuelos, no es el más multitudinario, sino el más íntimo.

El Miércoles Santo, un Vía Crucis recorre las calles en absoluto silencio. Solo un tambor rompe la noche mientras el Cristo avanza entre rezos. Al final del recorrido ocurre algo que, según cuentan José Antonio, pone “los pelos de punta”: el párroco recuerda uno a uno a los fallecidos del último año. En ese instante, la procesión deja de ser ceremonia para convertirse en memoria compartida. El pueblo se detiene.

Jueves Santo: encuentros, devociones… y milagros que no se explican

El Jueves Santo concentra dos de las imágenes más queridas del pueblo: Jesús Nazareno y María Santísima Nazarena, Reina de los Cazadores.

El primero es historia viva. La segunda, una incorporación más reciente, donada por la sociedad de cazadores con una condición muy concreta: que fuera portada por mujeres.

Ambos protagonizan uno de los momentos más esperados: su encuentro en la parte alta del pueblo, donde los pasos se elevan, se cruzan y continúan caminos distintos. Como si hablaran sin palabras.

A la Virgen se le atribuyen favores que muchos vecinos consideran milagrosos, especialmente relacionados con niños. No están recogidos en ningún registro, pero siguen transmitiéndose de generación en generación.

La historia del Cristo mutilado que regresó a su iglesia

En la iglesia de Santa María de las Flores, junto a María Santísima Nazarena, Reina de los Cazadores, y el Nazareno, se conserva una de las historias más singulares de la imaginería local. En una capilla lateral, un Cristo llama la atención por un profundo corte en el rostro, huella del asalto sufrido durante la Guerra Civil. La pieza fue recogida entonces por un niño de diez años, que la ocultó en su casa para protegerla.

Aquel niño era el padre de Puri González, quien quién explica que durante décadas, la reliquia permaneció entre mesitas de noche y recuerdos familiares, creciendo con hijos y nietos como un objeto cotidiano, pero cargado de significado.

El destino de la pieza cambió cuando el sacerdote Francisco Gámez conoció la historia. La familia decidió devolverlo a la Iglesia con la condición de que fuera protegido. Restaurado y colocado en una urna, se identificó como parte de un Nazareno del siglo XV para la familia, su regreso supone emoción y justicia histórica: “Volvió a donde nunca debió salir”.

Viernes Santo: La imagen que nadie quiso… y que encontró su sitio

El Viernes Santo gira en torno a la Virgen de los Dolores, una talla de 1717 atribuida a Juan Prieto.

Fue creada originalmente para Córdoba, donde apenas procesionó un año. Su expresión, considerada demasiado dulce, no convenció. Con el tiempo cayó en el olvido hasta que, tras la guerra, llegó a Hornachuelos.

Aquí ocurrió lo contrario: esa misma dulzura se convirtió en su mayor valor. Hoy es la imagen más antigua del pueblo y una de las más veneradas.

Su corona, elaborada con plata donada por los vecinos -desde cubiertos hasta objetos domésticos-, simboliza la unión del pueblo. Y su manto guarda una curiosidad: incluye una toca donada por la reina Fabiola de Mora y Aragón tras su estancia en la localidad durante su luna de miel con el rey Balduino.

El encuentro: cuando el pueblo deja de respirar

Ese mismo día tiene lugar uno de los momentos más sobrecogedores: el encuentro entre el Santo Sepulcro y la Virgen.

La escena comienza con una puerta cerrada. Alguien llama. Desde dentro responden: “Ya está aquí”.

Entonces aparece el Cristo yacente. La Virgen avanza lentamente hacia Él, mientras el silencio se rompe solo por la música. Durante unos minutos, el pueblo entero contiene la respiración.

La Soledad: el silencio más puro

Ya de madrugada, la Virgen vuelve a salir en la procesión de la Soledad. Sin música. Sin ruido. Solo velas y silencio. Para muchos, es el momento más puro de toda la Semana Santa. Y, al mismo tiempo, el preludio de lo que está por venir.

Porque el futuro también desfila.

El Domingo de Resurrección no siempre existió aquí. Llegó con una condición: que lo sacaran los jóvenes. Y durante un tiempo funcionó. Hasta que volvió a desaparecer.

Otra vez, el mismo problema. Otra vez, la misma solución. Jóvenes que regresan. Mayores que ayudan. Una tradición que se rehace. Ahí empieza todo. Este paso es la cantera de todo lo demás.

Y junto con la Semana Santa Chica -donde los niños imitan lo que ven- se cierra el ciclo: una tradición que no se pierde, se transmite, de quienes empiezan a quienes, con 83 años, aún la sostienen sobre sus hombros.

En Hornachuelos no hay grandes milagros reconocidos por la Iglesia. Pero hay otros: aquí, los milagros no se documentan. Se recuerdan… y quizá por eso duran más. Y es que hay cosas que no se pueden contar del todo: hay que venir para sentirlas.

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