En Hornachuelos, el Domingo de Ramos no es solo el inicio de la Semana Santa: es una transformación. El municipio entero se convierte simbólicamente en Jerusalén, y sus calles, habituales y cotidianas, adquieren un aire distinto, casi escénico, donde la tradición y la memoria se dan la mano.
La jornada comienza con la salida de Jesús desde la Capilla del Cementerio. Desde allí, la comitiva avanza por la avenida Reina de los Ángeles hasta alcanzar la calle Castillo, en un recorrido que se llena de vida gracias a la participación de vecinos de todas las edades. Niños y mayores portan ramas de olivo y palmas bendecidas, componiendo una estampa que alcanza su momento de mayor intensidad precisamente en ese tránsito, cuando la procesión se muestra en todo su esplendor.
La Hermandad encargada de este día fue fundada en 2008, una incorporación relativamente reciente si se compara con la larga tradición cofrade del municipio. La imagen titular es obra del escultor Enrique López Morgado, y la acompañan penitentes ataviados con túnica y fajín beige, aportando sobriedad y uniformidad a un cortejo que, pese a su juventud, ha sabido ganarse un lugar propio.
Pero si hay algo que define el Domingo de Ramos en Hornachuelos son las historias que lo rodean, esas pequeñas anécdotas que siguen vivas en la memoria colectiva. Durante años, la entrada triunfal no se representaba con un paso, sino con una escena casi teatral. Una burra de verdad -“la burrita”, como la llamaban con cariño- recorría las calles mientras los niños que acababan de hacer la comunión se vestían de época. Algunos representaban a Jesús, otros a soldados romanos, y entre todos daban forma a una procesión viviente que mezclaba inocencia, devoción y un toque entrañable difícil de olvidar.
Sin embargo, el paso del tiempo también trajo cambios. Las preocupaciones por la seguridad -“la burra es un peligro”, se llegó a comentar- llevaron a la directiva de la asociación Amigos de la Semana Santa a tomar una decisión: eliminar la burrita y sustituirla por un paso procesional. Pero el cambio no fue sencillo. Se optó por un paso de costalero, una fórmula que, en Hornachuelos, nunca terminó de encajar.
Y es que aquí la tradición manda: Hornachuelos es de tronos, no de costales. La necesidad de contar con costaleros obligaba a traer gente de fuera, y poco a poco la participación fue decayendo. La consecuencia fue inevitable: la procesión dejó de salir durante varios años, quedando en pausa una de las escenas más simbólicas del Domingo de Ramos.
La historia, sin embargo, ha dado un nuevo giro. En 2024, un grupo de jóvenes -chavales de apenas 18 o 19 años- se ofreció para recuperar la salida de la Borriquita. Llegaban con ganas, con ilusión y con la determinación de devolver a las calles una tradición que se resistía a desaparecer. Pero el problema persistía: el costal seguía siendo un obstáculo.
La solución ha sido tan sencilla como significativa. Para este año, se ha decidido pedir prestadas las andas del patrón del pueblo, San Abundio, y transformar el paso en un trono, adaptándolo así a la identidad local. Un gesto que no solo resuelve una cuestión práctica, sino que simboliza algo más profundo: la capacidad de Hornachuelos para reinventar sus tradiciones sin perder su esencia.
Así, entre recuerdos de una burrita que un día fue protagonista y el empuje de una nueva generación que busca su sitio, el Domingo de Ramos vuelve a latir con fuerza. Porque en Hornachuelos, incluso los cambios acaban formando parte de la tradición.

