En las calles empinadas y recogidas de Hornachuelos, el Miércoles Santo no se anuncia con estruendo ni con grandes cortejos, sino con un silencio denso, casi palpable, que sólo se quiebra por el latido grave de un tambor ronco. Es el sonido que marca el paso de un piadoso Vía Crucis que, partiendo desde la capilla de San Antonio, recorre las zonas altas del municipio con una sobriedad que conmueve hasta lo más hondo.
A hombros -y aquí reside uno de sus rasgos más singulares- de una cuadrilla que hoy es mixta, pero que nació íntegramente femenina, avanza un Cristo Crucificado. No siempre fue así. Hubo un tiempo en que la imagen se portaba sin andas, directamente sobre los hombros de mujeres que, con fe y determinación, dieron forma a una tradición que hoy es seña de identidad. Aquellos comienzos, humildes y casi improvisados, forman parte de la memoria viva del pueblo.
La historia de esta Hermandad es, en gran medida, la historia de ese empeño. Fundada por un grupo de mujeres, comenzó su andadura con lo que tenían: fuerza, devoción y una imagen que cargar. En 1997, la Hermandad de Jesús Nazareno dio un paso importante al ceder unas andas que, tres años más tarde, en el 2000, serían reformadas. Pero el verdadero hito llegaría en 2017, cuando, tras años de trabajo incansable, la corporación logró contar con sus propias andas, símbolo de esfuerzo colectivo y de identidad consolidada.
Sin embargo, incluso antes de ese recorrido más reciente, el paso había tenido otras manos. Los más mayores recuerdan cuando eran los zagales del pueblo quienes lo portaban “a mano”, mientras el sacerdote iba marcando las estaciones del Vía Crucis. Con la recuperación de la Semana Santa impulsada por la asociación Amigos de Semana Santa, se decidió devolver protagonismo a las mujeres, preparándose entonces una estructura que facilitara esa participación. Con el paso del tiempo, la cuadrilla evolucionó hasta convertirse en mixta, reflejo de una tradición que se adapta sin perder su esencia.
El cortejo, vestido con túnica negra, cordón, cubrerostro y guantes rojos, avanza en absoluto recogimiento. Son quince estaciones las que jalonan el camino hacia la Cruz, y en cada una de ellas se detiene la comitiva para rezar. No hay prisas. No hay más sonido que el tambor, seco y profundo, rompiendo el aire como un recordatorio constante del peso simbólico de cada paso.
Pero si hay un momento que define esta salida, que la eleva por encima de lo meramente procesional para convertirla en experiencia compartida, es el instante final. Antes de que el Cristo vuelva a entrar en su capilla, el párroco toma la palabra. Uno a uno, nombra a los difuntos del año. Es entonces cuando el silencio se vuelve aún más denso, cuando la emoción recorre a los presentes como una corriente invisible. “Se nos ponen los pelos de punta”, confiesan quienes lo viven de cerca. No es una frase hecha, sino una reacción inevitable ante la carga emocional de ese instante.
Tras la mención, se reza un Padrenuestro por las almas de quienes ya no están, cerrando así un círculo de fe, memoria y comunidad. Es un gesto breve, pero profundamente significativo, que los vecinos consideran irrenunciable. Tanto es así que, cuando llega un nuevo párroco, no dudan en pedirle que mantenga viva esta tradición. “Que no se pierda”, insisten, conscientes de que en ese pequeño acto reside una de las mayores verdades de su Semana Santa.
En Hornachuelos, el Miércoles Santo no necesita artificios. Le basta con un Cristo, un tambor y un pueblo que camina en silencio para recordar, paso a paso, que la fe también se escribe en voz baja.

