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Viernes Santo: La imagen que nadie quiso… y que encontró su sitio

3 de abril de 2026

La tarde del Viernes Santo en Hornachuelos no es una más dentro del calendario litúrgico. Es, probablemente, el momento donde la emoción se hace más visible, más humana. Desde la Ermita del Salvador parte el Santo Sepulcro para encontrarse con su Madre, la Virgen de los Dolores, en una escenificación cargada de simbolismo que, desde 1998, se ha convertido en uno de los instantes más intensos de toda la Semana Santa meloja.

A las ocho en punto de la tarde, el atrio de la Iglesia de Santa María de las Flores se convierte en el primer escenario. Desde allí aparece la Virgen de los Dolores, avanzando con la solemnidad que exige el momento, camino de la Plaza donde le espera su Hijo muerto. Mientras tanto, el capataz de la Hermandad del Santo Sepulcro se acerca a la Capilla del Salvador y llama a la puerta. Desde dentro, una voz responde con una frase sencilla, pero cargada de significado: “Ya está aquí”.

La puerta se abre y el silencio se hace absoluto. Aparece entonces el Santo Sepulcro, una imagen yacente que transmite una serenidad sobrecogedora, como si el dolor hubiese quedado atrás para dar paso a la paz definitiva. Sus portadores -25 en total- avanzan con paso firme, llevando a Cristo muerto hacia la Plaza. Allí, su Madre lo espera.

El momento del encuentro es de los que no se olvidan. La Virgen se acerca lentamente a su Hijo, casi con timidez, mientras la música rompe por primera vez el silencio que había envuelto la escena. Es entonces cuando el párroco dirige palabras de consuelo a esa Madre, en un diálogo simbólico que atraviesa a todos los presentes. Tras ese instante, el Cristo pasa ante la mirada de la Virgen, que se coloca detrás de Él para iniciar juntos la procesión por las calles del pueblo.

Pero para entender la magnitud de este Viernes Santo hay que remontarse atrás en el tiempo. La Hermandad del Santo Sepulcro y Ánimas procesiona en Hornachuelos desde 1624, siendo una de las más antiguas. La imagen actual, de autor desconocido, llegó al municipio a finales de los años 30. La urna que lo cobija hoy es mucho más reciente, de 2009, realizada por la empresa Domínguez Durán, mientras que los ángeles que la adornan fueron restaurados por las Hermanas Carmelitas de San Calixto.

Su aprobación canónica data de 1942 y los penitentes visten túnica y cubrerostro negros, con fajín y guantes rojos. El paso, fiel a la tradición, es portado exclusivamente por hombres, conocidos como los Caballeros del Santo Entierro, quienes además han sido clave en la recuperación de la Hermandad de Ánimas. No son costaleros al uso: son caballeros, como gusta decir en el pueblo.

Hace unos años acometieron la construcción de una nueva urna de cristal, pero ahora el objetivo es otro: recaudar fondos para renovar las andas, que datan de los años 50 y acusan el paso del tiempo. “Imagínate cómo están”, comentan con resignación, pero también con la determinación de quien no quiere que su patrimonio se pierda.

Frente a la sobriedad del Sepulcro, la historia de la Virgen de los Dolores es un relato fascinante que mezcla arte, olvido y redescubrimiento. Procedente de la Hermandad de los Dolores de Córdoba, pasó siglos relegada en el Convento Hospital de San Jacinto, sin culto alguno. Fue en 1937 cuando llegó a Hornachuelos gracias al empeño del párroco Don Pedro Varona y de Doña Matilde, una vecina que había abandonado el hábito de servita en aquel convento.

Su restauración en 1983, a cargo de Miguel Arjona Navarro, reveló un secreto clave: las iniciales “J.P.” grabadas en la imagen. Aquello confirmó su autoría y certificó que la Virgen de los Dolores de Hornachuelos es, en realidad, la primera y más antigua Dolorosa de Córdoba.

Y es que su historia tiene un giro inesperado: el mismo año que fue realizada, procesionó en Córdoba… y no gustó. Los fieles consideraron que su rostro no reflejaba el dolor desgarrado de una madre al pie de la cruz, sino una dulzura excesiva, una belleza juvenil que no encajaba con la idea tradicional de Dolorosa. Se encargó entonces una nueva imagen, y esta fue apartada… hasta encontrar en Hornachuelos su lugar definitivo, donde lleva ya cerca de nueve décadas.

Ni siquiera el paso del tiempo ha sido indulgente con ella. A finales de los años 90, una fuerte tormenta dañó la imagen, obligando a intervenir su policromía. Los colores originales, elaborados con técnicas antiguas a base de polvo y yema de huevo, tuvieron que ser sustituidos por materiales actuales. En ese proceso perdió sus pestañas y lágrimas originales, que fueron posteriormente repuestas.

A pesar de todo, o quizá por todo ello, la devoción hacia la Virgen es inmensa, especialmente entre las mujeres del pueblo. Las historias se suceden: promesas, súplicas, agradecimientos. Se recuerda, por ejemplo, el caso de una abuela que, con un hijo enfermo de meningitis, se colocó en mitad de la calle para que la Virgen pasara por encima del niño, buscando un milagro. Son relatos que forman parte de la memoria colectiva, transmitidos con respeto y emoción.

Más allá de la patrona, muchos la consideran la verdadera Señora de Hornachuelos, la imagen más antigua de su Semana Santa.

Su ajuar también guarda historias únicas. En su manto luce una toca donada por  la reina Fabiola de Bélgica, quien pasó su luna de miel en el municipio junto al rey Balduino tras su boda el 15 de diciembre de 1960, alojándose en la finca San Calixto. La pieza, de azabache negro y pedrería, fue cosida por las mujeres mayores del pueblo al manto de la Virgen.

La saya original, procedente de Córdoba, se conserva como un tesoro, reservada para ocasiones especiales. Y su corona es, quizás, uno de los elementos más simbólicos: realizada en los años 80 con plata donada casa por casa, cortijo por cortijo, por las mujeres del pueblo. Cubiertos, objetos antiguos, todo servía para fundir y dar forma a esa corona de “plata vieja”, cargada de historia y de esfuerzo colectivo.

La procesión guarda además tradiciones que la hacen única. Los niños nacidos durante el año son pasados bajo el manto de la Virgen en su salida, en un gesto de protección y bienvenida a la vida. Y, tras un tiempo de escasez de costaleros, surgió una idea que hoy es tradición consolidada: padres e hijos portando juntos el paso, unidos por la devoción.

Entre ellos destaca un caso que emociona especialmente: un portador de 83 años que cumple una promesa hecha hace medio siglo por la salud de su hija. Medio siglo después, sigue bajo el paso.

La Virgen cuenta incluso con su propia marcha procesional, “Bajo la luz de tu manto”, compuesta en 2019 por Miguel Urbano Lasarte en el seno de la Banda de Música de Hornachuelos, añadiendo una banda sonora propia a una devoción ya de por sí intensa.

Así, entre llamadas a puertas cerradas, encuentros que estremecen, historias rescatadas del olvido y promesas que atraviesan generaciones, el Viernes Santo de Hornachuelos no es sólo una procesión. Es un relato vivo donde cada detalle, cada gesto y cada anécdota construyen una de las páginas más emocionantes de su Semana Santa.

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