La Semana Santa de Hornachuelos se cierra mirando al futuro. Lo hace con la procesión de Jesús Resucitado, una de las incorporaciones más recientes al calendario cofrade, pero también una de las que mejor simboliza el relevo generacional y la continuidad de una tradición que se niega a desaparecer.
Es, además, una procesión con un sello propio muy definido: el paso es portado por jóvenes de entre 14 y 17 años. No es casualidad. Cuando en 2007 se incorporó esta salida a la Semana Santa meloja, lo hizo gracias a la donación de la imagen por parte del entonces párroco Francisco Jesús Campos Barrera, quien puso una condición clara: debían ser los jóvenes del pueblo quienes lo sacaran a la calle.
Así nació una procesión distinta, con un aire fresco que contrastaba con el peso histórico del resto de jornadas. En sus primeros años, salía desde la Iglesia de Santa María de las Flores y, curiosamente, eran mujeres quienes ejercían de portadoras. Sin embargo, la falta de personal provocó que en 2013 no pudiera salir, marcando uno de los primeros momentos de dificultad para esta joven tradición.
La historia de la procesión del Resucitado ha sido, desde entonces, un constante vaivén entre impulso y decadencia. En 2015, con la llegada del nuevo párroco Francisco Manuel Gámez Otero, se inició una etapa de renovación que devolvió el ánimo y reorganizó la salida. Pero tras la pandemia, volvió el declive: tres años sin procesión que hacían temer por su desaparición definitiva.
Y entonces ocurrió lo que en Hornachuelos parece repetirse como un patrón: la tradición resurge desde dentro. Un grupo de jóvenes decidió que el Resucitado no podía quedarse en silencio. Querían sacarlo, hacerlo suyo. Y los mayores, lejos de frenarles, les ofrecieron todo su apoyo. De ese encuentro entre generaciones ha nacido una nueva etapa que hoy mantiene viva la procesión.
En 2023 años se formalizó un paso clave: la firma de un convenio con la Iglesia por el cual la Hermandad de la Virgen de los Dolores asumía la organización y preparación del Resucitado “como si fuera un paso más”. Desde entonces, trabajan con un objetivo claro: consolidar esta salida y evitar que vuelva a desaparecer.
Los penitentes acompañan con túnica beige, cordón dorado y guantes blancos, en una estampa que aporta luz y contraste tras los días de luto y recogimiento. Pero más allá de la estética, esta procesión se ha convertido en algo fundamental para el futuro de la Semana Santa local: una auténtica cantera de costaleros.
Porque esos jóvenes que hoy portan al Resucitado serán mañana quienes sostengan el peso de los pasos más antiguos. En ellos está la continuidad de una tradición que, como ha demostrado el propio recorrido de esta procesión, necesita tanto de la memoria como del empuje de nuevas generaciones.
Así, el Domingo de Resurrección en Hornachuelos no sólo celebra la victoria de la vida sobre la muerte. Celebra también algo más cercano y tangible: la certeza de que su Semana Santa sigue viva, porque siempre hay alguien dispuesto a levantarla de nuevo.

