Ayuntamiento de Hornachuelos

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Jueves Santo: encuentros, devociones… y milagros que no se explican

2 de abril de 2026

En la tarde-noche del Jueves Santo, Hornachuelos se transforma en un escenario de fe antigua y emoción compartida. Por sus calles desfila Jesús Nazareno, acompañado de su Madre, María Nazarena, en una procesión que no sólo recorre el pueblo, sino también siglos de historia y el corazón de todos los melojas.

La devoción al Nazareno en la localidad se remonta nada menos que a 1693, una fecha que habla de raíces profundas. Sin embargo, no todo ha sido continuidad. La imagen primitiva que procesionaba en aquellos tiempos fue carbonizada durante los trágicos disturbios de 1936, dejando un vacío que tardaría años en volver a llenarse. La actual talla, que hoy despierta fervor a su paso, fue realizada entre 1958 y 1959 por el escultor salmantino Damián Villar González, y posteriormente restaurada en 1988 por el imaginero Miguel Arjona Navarro.

Son ya más de seis décadas las que esta imagen lleva acompañando al pueblo, tiempo suficiente para arraigarse profundamente en su identidad. Porque, como recuerdan los vecinos, la Semana Santa de Hornachuelos “siempre ha sido Nazareno, Virgen de los Dolores y Santo Entierro”; el resto de hermandades han ido llegando después, creciendo al calor de una tradición que nunca se apagó.

La Hermandad de Jesús Nazareno viste túnica morada, cordón dorado, cubrerostro y guantes blancos. Su paso, fiel a la tradición, ha sido siempre portado por hombres. Es un detalle que se mantiene inalterable, como tantas otras cosas en esta jornada. Y es que el Nazareno arrastra una devoción “muy, muy grande”, especialmente entre los más jóvenes. No es raro ver cómo los niños del pueblo se vuelcan con él, porque es un paso que históricamente ha sabido integrar a la juventud, haciéndola partícipe desde dentro.

Junto a Él, y con una historia mucho más reciente pero no menos intensa, camina María Santísima Nazarena, conocida también como Virgen de los Cazadores. Su hermandad nace en 2004, cuando la Sociedad de Cazadores -siendo presidente Antonio Pérez Gómez- dona la imagen con una condición clara y firme: debía ser siempre portada por mujeres y ser reconocida como la Virgen de los Cazadores. La talla es obra del imaginero cordobés Miguel Ángel González Jurado.

Desde entonces, su crecimiento devocional ha sido meteórico. Las hermanas visten túnica beige, cubrerostro, fajín rojo burdeos y guantes blancos, y portan a una Virgen que, en muy poco tiempo, ha logrado lo que a otras les cuesta generaciones: un arraigo profundo. Su ajuar es extensísimo, fruto de promesas y donaciones, y su corona -de estilo antequerano- es única en toda la comarca, un detalle que la distingue y que los vecinos señalan con orgullo.

No faltan tampoco las historias que alimentan la fe popular. A la Virgen de los Cazadores se le atribuyen, según la tradición oral, dos milagros relacionados con niñas del pueblo, relatos que se transmiten en voz baja pero con convicción, reforzando aún más el vínculo emocional entre la imagen y sus devotos.

Además, su calendario no se limita a la Semana Santa. Cada año, cuando se abre la temporada de montería y los cotos de caza, se le dedica un triduo especial. En él se celebra una misa para velar por la suerte de los cazadores, una tradición que conecta la religiosidad con la vida cotidiana y el entorno natural de Hornachuelos.

Ambas hermandades, aunque distintas en origen, han terminado fusionándose en cierta forma, compartiendo no sólo jornada, sino sentimiento. Y ese sentimiento alcanza su punto culminante en uno de los momentos más esperados del Jueves Santo: el encuentro.

Tiene lugar en la parte alta del pueblo. Allí, los dos pasos se aproximan lentamente hasta quedar frente a frente. Entonces, en un gesto cargado de simbolismo, son elevados al cielo, descendidos después con suavidad, cruzados en un diálogo silencioso y, finalmente, separados, continuando cada uno su camino por distinto rumbo. Es un instante breve, pero de una intensidad difícil de describir, donde el tiempo parece detenerse y el público contiene la respiración.

Así, entre historia, anécdotas, promesas y detalles únicos, el Jueves Santo en Hornachuelos se convierte en mucho más que una procesión. Es la memoria de un pueblo que, generación tras generación, sigue encontrando en sus imágenes un reflejo de su identidad y de su fe más íntima.

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