Ayuntamiento de Hornachuelos

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La historia del Cristo mutilado que regresó a su iglesia en Hornachuelos

30 de marzo de 2026

Entre los muros de la iglesia de Santa María de las Flores, en Hornachuelos, se conserva una de las historias más singulares de la imaginería local, marcada por los estragos de la Guerra Civil y por la memoria de una familia que custodió durante décadas una reliquia fragmentada.

En la primera capilla a la izquierda del templo, junto a la Virgen Nazarena y el Nazareno, se encuentra hoy un Cristo cuya apariencia no revela, a simple vista, la historia que encierra. Sin embargo, su rostro -o lo que queda de él- es testimonio directo de la violencia sufrida en aquellos años. La imagen presenta un profundo corte que atraviesa media cara, una huella limpia de hacha que partió el rostro durante el asalto y destrucción de imágenes religiosas.

Fue entonces cuando un niño de apenas diez años, sorprendido por el caos tras el ataque a la iglesia, encontró entre los restos la cara del Cristo. Movido por la curiosidad y quizá por un instinto de protección, la recogió y la ocultó antes de llevarla a su casa. Aquel niño, que con el paso de los años sería conocido como Rafael “El Cartero”, era el padre de Puri González, quien ha transmitido esta historia.

Durante años, la pieza permaneció en el ámbito familiar. Primero en la mesita de noche de sus padres, después en la de una tía soltera que convivía con ellos. Generación tras generación, hijos y nietos crecieron viendo aquella cara marcada por la historia, convertida en un objeto cotidiano pero cargado de significado.

El destino de la reliquia cambió cuando, ya en la vejez de su madre, el sacerdote Francisco Gámez acudía a su domicilio para administrarle la comunión. En una de esas visitas, Puri decidió compartir con él la historia. El interés del sacerdote fue inmediato, aunque la familia dudaba en desprenderse de un objeto que había formado parte de su vida durante tanto tiempo.

Finalmente, se acordó su entrega bajo la condición de que sería protegida y conservada como bien de la Iglesia. El rostro fue restaurado y colocado en una urna de cristal, sobre fondo de terciopelo rojo y enmarcado en dorado. Investigaciones posteriores determinaron que pertenecía a un Cristo Nazareno del siglo XV.

Hoy, la pieza ocupa su lugar en el templo, cerrando así un ciclo que comenzó con la destrucción y terminó con la recuperación. Para la familia, su regreso supuso una mezcla de emoción y justicia histórica: “Volvió a donde nunca debió salir”, resume Puri González.

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